Ponencias de Adelaida Sagarra Gamazo

 

Dos veces por lo menos se cruzaron  los destinos de América y los Fernández de Velasco. De los dos momentos vamos a hablar. Pero todo empezó aquí, en el corazón del señorío del Condestable, Medina de Pomar. El patrimonio territorial de los Fernández de Velasco comprendía propiedades en Arlanzón, Olmos de Atapuerca, los Ausines, Rabé, Revilla del Campo, Robledo-Temiño, Saldaña, Sarracín, Villímar, Quintanapalla, Temiño, Urquiza y Ríocerezo. Hacia finales del XV, el Condestable trataba de ampliar sus posesiones por el valle del río Cayuela; en 1496 los Velasco comprarán la casa fuerte y heredades de Saldañuela a Sancho de Rojas. Efectivamente, desde sus dominios de Frías y Medina de Pomar los Condestables habían ido acercándose a Burgos. Cuenta la tradición que mientras todo esto sucedía, doña Mencía de Mendoza, la Condestablesa, ahorraba y sacaba buen partido de sus rentas, y en alguno de los  regresos don Pedro a Burgos pudo decirle que ya tenía casa para vivir –La Casa del Cordón- lugar donde holgar –la Casa de la Vega, en las afueras de la ciudad- y capilla donde ser enterrado, la de la Purificación, en la Catedral; y allí yace el Condestable, envidiado y emulado por don Cristóbal Colón.

Porque de Velasco y de Colón hay que  hablar. 1492 fue un año desigual: el Condestable murió al principio; el que pretendió –y consiguió- ser virrey-gobernador de las Indias empezaba su aventura. El fin de la Reconquista originó el principio de la Conquista. Ha escrito Luis Suárez Fernández como  “el llanto sobre Granada afectó a toda aquella generación. Como si el término del esfuerzo hubiera quebrado las energías de los protagonistas, doblaron las campanas por los grandes caballeros protagonistas de aquella guerra”. Si Boabdil entregó las llaves de la ciudad el 2 de enero, el día 6 murió en Burgos don Pedro, y a lo largo del año el Adelantado de Andalucía, los duques de Medina Sidonia y  de Alburquerque, el marqués de Cádiz, y el conde de Miranda...Todos ellos habían cumplido con su misión histórica mientras Cristóbal Colón  todavía no había escrito la  primera página de su celebridad. Pero lo que hoy aquí en Medina es preciso tener en cuenta es que en algún momento entre 1485 y 1492 el genovés, en Granada y su entorno buscó, encontró –aunque no tengo constancia documental de que se conocieran-  y estudió a don Pedro, o mejor dicho su figura. Porque su proyecto para vencer el Atlántico y llegar a la India por occidente incluía una parte política aprendida y perfilada pacientemente en el real de los castellanos en Santa Fe: ser Almirante como Enríquez y ser virrey como Velasco. Pero quizá habría que plantearse si Pedro Fernández de Velasco era virrey.

“Ser Visorrey en estos Reinos”.

El título de virrey en Castilla sólo fue usado para realzar las atribuciones de los gobernadores, designados por los Reyes de manera esporádica, para suplir su autoridad en las ausencias prolongadas por la guerra contra Granada, o por las visitas en Aragón. Precisa el Dr. Antonio Rumeu que en el ánimo de los Reyes Católicos nunca arraigó el propósito de institucionalizarlo. Don Alonso de Aragón, y don Pedro Fernández de Velasco, condestable de Castilla y conde de Haro desempeñaron en el año 1477 el cargo de gobernadores de los reinos occidentales. Sus nombres aparecen con reiteración, firmando documentos en Burgos, residencia del Consejo de Allende los Puertos, por estar los Reyes  en Andalucía. Villahermosa combatió en la Guerra de Sucesión entre doña Isabel y doña Juana la Beltraneja y dejó el gobierno de Castilla en 1478 en las exclusivas manos del Condestable.

Durante una década (1482-1492) los soberanos se trasladaron a las ciudades fronterizas para preparar, dirigir y tomar activa parte en la contienda, estableciendo nuevas delegaciones en el Condestable y el Almirante. Pero don Pedro suplicó a la Reina poder entrar en combate, a lo que la soberana accedió y don Alonso Enríquez estuvo al frente del gobierno durante buena parte de 1482, con el asesoramiento del Consejo de Allende los Puertos. Pedro Fernández de Velasco tomó activa participación en la campaña granadina En el año siguiente, 1483 la presencia de la reina Isabel largos períodos al norte de Despeñaperros hizo innecesario el funcionamiento del lugarteniente y su organismo asesor. En cambio, ambos reaparecerán en 1484 con motivo de la jornada regia por tierras de Aragón. A ello se vino a sumar una larga estancia de la corte en Córdoba y Sevilla para atender desde ese frente a la campaña contra Granada.

El 20 de marzo de 1484, los Reyes comunicaron a las ciudades la designación de Enríquez y Velasco como gobernadores durante la larga ausencia que proyectaban en Aragón y Andalucía. Los nuevos gobernadores, junto con el Consejo de Allende, se establecieron en Valladolid. Sin embargo, el Rey Católico recomendó al Condestable, al correr del mes de mayo, que se radicase en Burgos, con algunos consejeros, para atender mejor desde esta ciudad a los asuntos de Navarra. Don Pedro Fernández de Velasco se trasladó a la ciudad pero encontró tan encarnizada resistencia para el hospedaje por parte de los alcaldes y regidores, que tuvo que retornar a Valladolid. La negociación entre el Condestable y el concejo burgalés interesa particularmente, porque  don Pedro hizo valer  su condición de virrey.

 

Velasco representó varias veces al Rey en la ciudad del Arlanzón y se reunió con el Concejo en su casa de Cantarranas la Menor para tratar diversos asuntos de interés común. El Condestable, que había fijado su residencia en Burgos, se consideraba además  de primera autoridad del Reino, después del Rey, señor natural de la Ciudad que era cabeza del mismo y sobre la que tenía sus pretensiones.

 

En la famosa campaña de 1485 –en mayo Colón cruzaba la frontera de Portugal hacia Castilla- don Pedro participó brillantemente al frente de una mesnada compuesta de 179 jinetes y 159 hombres de armas contra los moros granadinos, pero en octubre del 85 los Reyes Católicos pidieron a don Pedro  que renunciase a su vocación castrense para dedicarse exclusivamente al gobierno. Velasco residió, junto con el Consejo de Allende, en Valladolid (1485 y 1486), Tordesillas y Burgos (1487), Burgos (1488 y 1489), Burgos y Aranda de Duero (1490), Aranda de Duero y Burgos (1491) y Burgos (1492). El condestable de Castilla se tituló como virrey varias veces. A las autoridades municipales de Burgos, reacias a obedecer sus órdenes, les hizo ver «que lo mandaba como visorrey e no como condestable» El 24 de enero de 1487, al partir Fernando e Isabel para Andalucía, expidieron en Salamanca la provisión para que Velasco fuera « visorrey en estos regnos de Castilla por Sus Altezas.» Rumeu de Armas ha encontrado pruebas en el Archivo de Simancas, en los fondos de la Escribanía Mayor de Rentas, “nos hemos encontrado con la partida siguiente: «Otros siete escribanos del Consejo, de la Corte y del Visorrey...62.000 maravedíes» .En una confirmación de «iguala» hecha entre Fernando Alonso de Robles y los Concejos del Valle de Trigueros en 1489, se recoge una acusación formulada ante el «Consejo del Rey e de la Reina, nuestros señores, que está y reside en esta muy noble ciudad de Burgos, con el muy magnífico señor condestable de Castilla, visorrey». El 15 de mayo de 1490, se alude en otro documento a un caso  determinado «por el Condestable de Castilla como visorrey». Por último, en las cuentas  de 1491, aparece un asiento «Condestable, de su quitación, de virrey, con 200.000 de atraso 600.000 maravedíes».

Interesa –insiste Rumeu- destacar cómo el gobierno de don Pedro de Velasco en Castilla coincidió cronológicamente con la estancia de Cristóbal Colón y las laboriosas negociaciones con sus soberanos para sacar a flote la exploración del Océano. Resulta probable el conocimiento, cuando no la amistad, entre los actores. Y en el peor de los casos, la fama y el prestigio del gobernador-virrey tuvieron que ser captada por la memoria y el oído, siempre alertas, del genovés.  Colón estaba en Córdoba en otoño del 85, donde coincidió con Quintanilla, miembro del Consejo de Allende que conocía al Almirante y al Condestable, que en ese mismo momento campeaba en Andalucía frente a los moros. Es bien verdad que a la hora de estudiar los posibles antecedentes de su “virreinato” ha habido otras opiniones: el cargo de virrey existente en la Corona de Aragón –para  Sicilia-, los Virreyes de Cerdeña o Baleares, los Justicias Mayores de Galicia, pero Rumeu de Armas es rotundo en su conclusión: “nuestro parecer se inclina por el modelo castellano”, en la figura de  don Pedro de Velasco, por su prestigio personal y por el largo periodo de su actuación. Por fin, en las capitulaciones de Santa Fe, firmadas el 17 de abril de 1492  los Reyes concedían a Cristóbal Colón algunas de las cosas que había solicitado; entre otras ser Almirante y Virrey…eso sí, sólo en el caso de que descubriera. Y Colón descubrió, o mejor dicho aunque no sea hoy el tema, Castilla descubrió. Lo cuenta el genovés, que lo era, en un Diario sin 12 de octubre. Tras tomar posesión en nombre de la Corona comenzó a actuar como virrey de las Indias. Los Taínos debieron mirar desconcertados y cuanto menos temerosos a aquel desconocido que empezaba a dictar órdenes con la misma autoridad con que Velasco podía hacerlo en Castilla. Meses después, doña Mencía, viuda, tuvo noticias de cómo el Reino se había ampliado con las islas y luego la tierra firme del mar océano. Esta fue la primera vez que los Velasco y América se cruzaron. No fue la última, pero tenemos que saltar a 1521.

 

            El Gobierno indiano del Tercer Condestable, don Iñigo.

            Don Manuel Sanz ha escrito “No se puede ver cosa que alegre tanto la vista desde alguna distancia, como el edificio de la Catedral, obra sumamente delicada, trepadas sus torres y ornatos del cimborrio como si fuera una filigrana: y al mismo tiempo fortísima como se reconoce examinando el edificio. Todo el exterior, como digo, es cosa preciosa en su línea que decimos gótica, acompañando también a este agradable espectáculo el exterior de la capilla suntuosa que llaman del Condestable”. Cuando el transeúnte, o el viajero enfilan la calle que cruza hacia dentro de la ciudad por el Arco de San Martín, como antiguamente las comitivas regias, la verán en seguida. Cuando en el ajetreo de la ciudad cotidiana y bulliciosa alguien atraviesa por Calzadas y gira la vista, la divisará por encima de tejados y edificios. Si vienes por vez  primera  o vuelves una vez más, o si subes al Castillo, o si ¡que frecuente es ver desde tantas esquinas, perspectivas, miradores o rincones burgaleses la Catedral!: sus agujas imponentes, su silueta dorada, sus afilados chapiteles, como cipreses de piedra señalando al cielo.  La Catedral tiene su sitio, pero está un poco en todas partes...Eso mismo pasó con Burgos, su obispo Juan Rodríguez de Fonseca –delegado real para América-, el poderoso, emprendedor y creativo Grupo de Burgos que se apiñó a su alrededor, y en general, con  algunos burgaleses. Me refiero al horizonte político indiano entre 1518 y 1524. Años: México y la primera vuelta al mundo, que fue una empresa burgalesa.

 

            Aunque Bernardino Velasco, el II Condestable,  se casó dos veces, con la Condesa de Benavente, y con doña Juana de Aragón, hija natural del Rey Católico no tuvo hijos varones legítimos ; así que en 1512  heredó el título su hermano Iñigo, que hasta entonces , como hijo segundón,  había sido  Corregidor Real  en Sevilla, desde 1508 a 1510. La experiencia adquirida tuvo que serle de utilidad cuando se hizo cargo de los asuntos indianos, ya que conocía el funcionamiento de la Casa de la Contratación, a sus oficiales, y a Fonseca. En 1519,  el III  Condestable recibió el título de Caballero del Toisón de Oro. Fue un hombre coherente, siempre vinculado a la Corona;  sus intervenciones más importantes en servicio del Emperador fueron la pacificación de Burgos tras el alzamiento de los Comuneros, y la toma de Fuenterrabía a los franceses, dirigida personalmente por él como Capitán General de las tropas, en 1524. Cuando el 20 de mayo de 1520 el Rey Carlos I se embarcó en la Coruña rumbo a Flandes para recibir el título imperial, fueron a despedirle el Marqués de Villena; el Conde de Benavente; el Marqués de Astorga; Antonio de Fonseca; y  Juan Rodríguez de Fonseca. Iñigo Fernández de Velasco, que se hallaba presente, era uno de los tres gobernadores que se hacían cargo del Reino, junto a Adriano de Utrecht y Juan Rodríguez de Fonseca.

 

            Como tal, don Iñigo asumió la gestión  política americana el 11 de abril de 1521. Hacía varios meses que  Adriano de Utrecht había tenido que huir desde Valladolid a Medina de Rioseco;  los Comuneros habían sitiado Tordesillas, secuestrando los libros y papeles de Indias. Cuando se pudo liberar la ciudad y a algunos de los miembros del Consejo Real se reanudó el gobierno en  Burgos por razones de seguridad. Manuel Giménez  Fernández describió esta época como un " absorbente gobierno de las Indias por Fonseca  " y habla de un Condestable "aquiescente " de rápido y fácil conformar. Sería preferible hablar de un Consejero, Fonseca, con más de 25 años de experiencia indiana y un Gobernador, Velasco, con la suficiente sutileza política como para valorar esta realidad. Solo hubo un aspecto que don Iñigo resolvió todo de modo enérgico: la entrega del oro americano para el pago de las soldadas de los mercenarios que se enfrentaron a los comuneros, y necesidades de la Casa Real.  En octubre,  se dirigió tres veces a los oficiales de la Casa de la Contratación de Sevilla para que hicieran los desembolsos necesarios. Les  prohibió  "entregar dinero o perlas venidas de Indias a persona alguna"; les urgió para que  "envíen inmediatamente (...) todo el oro disponible y el que puedan agenciar "  y también  "enviar todo el oro conforme llegara y sin necesidad de nuevo mandamiento". Eran disposiciones de urgencia, explicables por la gravedad de la situación  castellana.

 

El Condestable y el Obispo  reanudaron el gobierno de Indias  en Burgos, para darle continuidad y porque la ciudad era  la sede de ambos, obispo y condestable. Con el Reino en una situación caótica, era importante que en América se mantuviera el orden y la continuidad. Era urgente restaurar la comunicación con las Antillas y la Tierra Firme para actualizar la información tanto en Indias como en Castilla. Velasco y Fonseca se ocuparon de las dos directrices de aprovechamiento de los recursos  económicos de las Antillas: la explotación aurífera  y el azúcar.  Disminuyeron  los impuestos sobre el oro que  obtuvieran  los pobladores de la Española; impulsaron la fabricación de piezas de cobre, necesarias para el funcionamiento de los ingenios azucareros; e hicieron algunos nombramientos.

 

Fernández de Velasco y Rodríguez de Fonseca volvieron a encontrarse en Logroño, a comienzos   del verano. Decidieron la disminución de impuestos en Puerto Rico, Cuba y Jamaica. En un momento en que la economía antillana se iba diversificando, decidieron con buena visión empresarial animar la explotación salinera, en aquellas salinas que la Corona no explotara directamente. Dieron un fuerte impulso a la emigración de hombres " con sus casas movidas", o sea con toda la familia, o al menos con su mujer. Como las facilidades fiscales eran el premio que la Corona daba a los emigrantes, esa fue la medida que marcaron Velasco y Fonseca. No hacía falta ser originales cuando había sistemas que siempre resultaban eficaces.

 

De nuevo en Burgos, pero ya en  septiembre  hicieron algunos nombramientos civiles y  eclesiásticos para  Jamaica y Cuba porque el proceso de regionalización avanzaba. En la medida en que se iban incorporando nuevas áreas geográficas o se consolidaba el poblamiento en las ya descubiertas y los espacios-por la acción cultural del hombre- se convertían en territorios era preciso situar hombres del Rey para administrar, gobernar e impulsar la colonización: Cristóbal de Guzmán, Regidor de Sancti Spiritus en Cuba;  Pedro de Paz, y Bernardino Velázquez,  Regidores de Santiago de Jamaica; Rodrigo Pérez, Arcediano de Santiago. Como el levantamiento de las Comunidades había tenido trascendencia política en Indias:  los dos hombres, don Iñigo y don Juan  comunicaron al  Virrey Diego Colón y a los oficiales de las islas la derrota de los Comuneros  en Villalar y que podría reanudarse el gobierno con normalidad.

 

El ataque de Juan Florín a  los procuradores de Hernán Cortés en 1521 y la captura de parte del tesoro de los Aztecas que llevaban hizo que hubiera que organizar la defensa de las naves que cruzaban el Atlántico, sobre todo al regresar a España cargadas con las supuestas riquezas incontables que eran un objetivo ambicionado por piratas y corsarios.  Se organizó una armada al mando de Rodrigo de Castro contra los corsarios franceses con el apoyo de la duquesa de Medina-Sidonia y el duque de Arcos. Fonseca era experto en el avío de flotas; no sabemos si al Condestable  le ocurría lo mismo, pero desde luego tenía capacidad de gestión y experiencia militar. Así, don Iñigo Fernández de Velasco y  don Juan Rodríguez de Fonseca sentaron las bases de  un aspecto  de capital importancia que duró tres siglos, absorbió muchos recursos, hombres y esfuerzos técnicos: la política defensiva.

 

Desde las Antillas Mayores se dirigió la penetración hacia el interior del continente o el Mar del Sur. Las islas fueron la base de operaciones de los conquistadores que fueron a México, y desde allí, a Honduras, Guatemala, California, Centroamérica, Florida, Panamá, Perú, Chile y la Costa norte de América del Sur, Santa Marta, Cartagena de Indias, etc. En diciembre de 1521 Velasco y Fonseca impulsaron la colonización de la isla de Trinidad, que era de interés geográfico, político, pero, sobre todo, económico, por su proximidad a las islas de las Perlas, Cubagua y  Margarita. Juan de Ledesma fue nombrado Contador de la Isla. Hasta cien hombres podrían salir de cada una de las Antillas mayores para esta nueva empresa pobladora; así, los hombres y los recursos no llegarían exclusivamente de España. Velasco y Fonseca consolidaron con madurez este proceso colonizador, evitando la penuria económica y los desequilibrios demográficos.

           

          “Abundancia de peces y de mariposas”.

 

          Eso, sobreabundancia de recursos y belleza, quiere decir Panamá en lengua Guaymí. Don Iñigo y don Juan también se ocuparon de impulsar la colonización en el Golfo del Darién, el Caribe panameño y la costa pacífica, donde se situaba la ciudad. Lo hicieron con mayor tranquilidad ya que la Tierra Firme, o Castilla del Oro, que era su nombre oficial, no pertenecía a la jurisdicción del singular, ambicioso e imprevisible Diego Colón. Aunque bien pensado, el gobernador Pedro Arias de Ávila era otro personaje  que tenía sus particularidades, pero políticamente tenía una postura clara. La mayoría de las decisiones sobre este nuevo impulso a la colonización del Istmo se tomaron en tres sesiones de trabajo, del Condestable y el Obispo, cerca de aquí, en Burgos el 6 y el 15 de septiembre y el 5 de octubre de 1521.

                        Don Carlos estaba preocupado por los desórdenes, enfrentamientos y escándalos que se habían producido, en parte debidos a las armadas esclavistas que algunos vecinos habían organizado; todo ello influía en los indios, y retrasaba su conversión, así que el 6 de septiembre Velasco ordenó –y Fonseca tramitó- que no se llevaran esclavos africanos a Castilla del Oro para evitar conflictos  y  estableció severos castigos para quienes desobedecieran. Luego se ocuparon de la iglesia de Santa María del Darién para que el culto fuera digno; fijaron el número de sacristanes y su sueldo; la Corona subvencionó  un reloj  y un órgano.  Se trataba de consolidar el poblamiento y de fortalecer la región económica y la realidad social de Panamá, así que el Gobernador Velasco declaró cuatro años libres de impuestos. Con la misma intención  redujo el impuesto sobre el oro del quinto al décimo por diez años. La  Corona cedió algunas rentas que le correspondían para ayudar a  los vecinos y  al “ennoblecimiento “de la ciudad. Se delimitaron los términos de la ciudad de Panamá a petición de los vecinos, e igualmente los  límites con los cacicazgos. Desde Burgos, se insistió en  el buen tratamiento de los indios –la población indígena del istmo estaba formada sobre todo por Guaymíes, Emberás y Olo Dule, aunque estos vivían solo en el archipiélago de San Blas, en la costa caribeña- y en  dinamizar los intercambios comerciales con ellos pacíficamente, sin amenazas ni presiones. Y no era extraño que Iñigo Fernández de Velasco y  Juan Rodríguez de Fonseca pudieran suponer que los españoles atemorizaban a los indígenas. Si Pedrarias Dávila era despótico, el Alcalde Mayor Gaspar de Espinosa no se quedaba atrás; tantos fueron sus desmanes  y su rapiña, que Velasco exigió a Dávila una intervención judicial: si Espinosa no era castigado, el mismo Pedrarias Dávila respondería con sus propiedades.    

           

            Para facilitar el poblamiento de Castilla del Oro, impulsaron la política tradicional de facilidad fiscal para quienes quisieran  ir a  asentarse con sus familias. Además, los Consejeros , don Juan entre ellos,  estuvieron de acuerdo con don Iñigo en que para prevenir el hambre –mucha se había pasado en Tierra Firme, en el continente, desde los primeros asentamientos al comenzar el XVI- Francisco de Garay desde Santiago de Jamaica  cediera  cincuenta  becerras, otras tantas  vacas, mil cerdos y  doscientas ovejas, libres de tributos. En las Antillas, el problema del hambre se había resuelto por la fecundidad porcina, ovina y bovina. Por último- y casi como medida propagandística- permitió el Condestable, que debía ser un profundo conocedor de los mecanismos del marketing que en adelante cualquiera que viniera a Castilla pudiera traer un indio o una india, para que contaran a la vuelta lo que habían visto aquí. No hay que olvidar que Vasco Núñez de Balboa había oído hablar a sus aliados del Darién , el Cacique Careta y el cacique Ponga del Reino de Birú donde había mucha riqueza y unas curiosas ovejas –pensó Balboa-  más altas y con el cuello largo: eran el Tahuantinsuyu o Imperio Inca y las llamas.

 

            Los trabajos del 15 de septiembre se centraron en el ennoblecimiento de Panamá y Castilla del Oro. Se le concedió el título de ciudad y un escudo de armas. Se nombró regidor a Gonzalo de Badajoz; se autorizó a Pedrarias Dávila una inversión de 60.000  maravedíes para mejorar  sus  comunicaciones -todavía hoy Panamá es una encrucijada- y se le ordenó que construyera una fundición cerca de Panamá, por su proximidad a las minas. Para este programa de  arranque económico, la Casa de la Contratación les prestó 100.000 maravedíes. Se invirtieron otros 20.000 en clavazón, jarcias, estopa, velamen y pez para el rudimentario astillero.  Por último, se designaron los regidores de Santa María la Antigua del Darién: Diego Álvarez Osorio, Hernando de Luque –quien pasado el tiempo fue uno de los socios de Pizarro para la conquista del Perú-  Lorenzo Martín y  Cristóbal de Valencia. Más tarde, ya en octubre el Gobernador Velasco, con el acuerdo de Fonseca, nombró lugarteniente de Dávila en la banda sur de Panamá a Hernando Salaya, por su experiencia  y servicios. El impulso y crecimiento de la región ístmica  implicaba lógicamente la creación de nuevas unidades administrativas, esenciales para que no hubiera desgobierno. El último despacho de los asuntos americanos en que intervino don Iñigo Fernández de Velasco fue el 14 de julio de 1522.  El regreso de Carlos V, el  15 de julio puso fin al gobierno indiano del III Condestable, don Iñigo Fernández de Velasco.

 

 

 

Pero no quiero limitarme a conducir este viaje por los siglos XV y XVI, sino cuestionar qué sentido tiene la Historia. Yo no estuve en las tres carabelas de Colón, ni en la Revolución Francesa ni presencié el jueves negro del crack del 29. Tampoco en Bretton-Woods (1944) cuando el dólar sustituyó a la libra como moneda fuerte, ni descubrí el pararrayos con Benjamín Franklin. Y por lo que se refiere al Capitán Cook, desde mi punto de vista navegó demasiado pronto por los mares del Sur. No estuve en el Titanic la noche de la tragedia ni acompañé a Amstrong en el primer paseo del hombre por la luna. Nunca pude ver pintar a Durero, Velázquez o Dalí, ni tuve la oportunidad de conversar con Miguel de Cervantes, Víctor Hugo o Salvador de Madariaga. Por eso estudié Historia: demasiadas cosas interesantes habían pasado sin mí y yo necesitaba conocerlas y prepararme para las cosas que tendrán que suceder contando conmigo. No elegí mirar al pasado sino diseñar el futuro desde la perspectiva adecuada, con la distancia suficiente. Eso hace la ciencia histórica: atravesar la textura de humanidad que hay en todos los acontecimientos durante los miles de años de los que somos herederos para mostrar al hombre como serlo. Así, don Pedro Laín Entralgo escribió que “vivir humanamente es, entre otras cosas, pensar: en el pasado, en sus proyectos, en sus amores y en sus odios”. Del pasado al proyecto: ese es el trayecto diario por el que la Historia va cada día a trabajar.

Dice Gregorio Marañón “Siempre he pensado en la gran parte que el sentido soñador y poético ha tenido en los grandes descubrimientos humanos, en aquellos que más decisivamente han contribuido al progreso de la Humanidad. La corazonada está siempre viva debajo de cada paso decisivo de los hombres, incluso de los más rigurosamente científicos”. Azorín añadió “Creo que sin imaginación, facultad creadora, no puede haber erudición” y el propio Alexander Fleming apostilla “No son los vestíbulos de mármol los que proporcionan la grandeza intelectual, sino el alma y el cerebro del investigador”.

De la historia somos aprendices. Sabemos que sabemos muy poco. A veces surge la pregunta ¿compensa dedicar horas y horas a alguien que vivió hace cinco siglos? Sí. Es muy valioso poder hacer la experiencia de otras formas de humanidad. No se trata de una legítima curiosidad arqueológica: Benedetto  Croce afirma que toda historia es contemporánea. Acontecimientos recientes muestran como el hombre no siempre reconoce al hombre. La historia muestra quien es el hombre, y es por ello una ciencia servicial. Un eminente pensador, Alfonso López Quintás, en su libro Cuatro Filósofos en busca de Dios glosa “Para empobrecer al hombre, hay un medio sumamente eficaz: quitar valor a cuanto contribuye a formar y desarrollar la personalidad humana. El hombre es un ser de encuentro; se constituye como tal y se desarrolla fundando modos de encuentro con diversas realidades de su entorno: la familia, el lenguaje, el arte, la comunidad, la religión”. Marco de las Humanidades.

Antes  de que las diversas formas de civilización definan al hombre en distintas categorías jurídicas –siervo, súbdito, ciudadano- está el status ontológico: somos personas. La historia está comprometida con la verdad... Si no fuera así  todo relato histórico no tendría más valor que el relato literario que es ficción. Samuel Beckett no necesitaba que Godot existiera de verdad; si Javier  Peña puede historiar al Cid campeador no es por lo que ha leído en el Poema, sino por otra documentación. Termino con unas preciosas palabras de Eugenio D´Ors en Aprendizaje y heroísmo “pero yo te digo que cualquier oficio se vuelve filosofía se vuelve arte, poesía invención, cuando el trabajador da a él su vida, cuando no permite que ésta e parta en dos mitades la una, para el ideal: la otra, para el menester cotidiano; sino que convierte cotidiano menester e ideal en una misma cosa, que es, a la vez, obligación y libertad, rutina estricta e inspiración constantemente renovada”.

 

                                                                                  Adelaida Sagarra Gamazo